SICOLOGÍA | UN PAPÁ CHEVERE

Hasta no hace muchos años la sociedad de consumo en que vivimos caracterizaba al buen padre básicamente como el buen proveedor, existía una relación directamente proporcional entre los dos conceptos. Para ser buen padre solo bastaba satisfacer, en la medida de sus posibilidades, todas las necesidades materiales de sus críos y del hogar.

Para ello el hombre se debía quebrar el espinazo trabajando jornadas adicionales o haciendo paralelamente actividades complementarias que le permitieran los ingresos adicionales requeridos para atender las necesidades y los caprichos de los hijos. El pobre hombre no alcanza a cumplir con las expectativas de hoy cuando ya le surgen nuevas necesidades creadas por el mercado. Es el caso de los juguetes electrónicos y celulares, o los juegos en línea, de los cuales al parecer cada semana sale una nueva versión que el hijo ya quiere tener. 

Así se les pasa la vida a muchos hombres, desgastándose febrilmente, sin darse un respiro para disfrutar lo importante: la experiencia única e irrepetible de ver crecer a los hijos. Los padres que han logrado superar las tradiciones atávicas de que su rol es ser meros proveedores, comparten la felicidad de la crianza de los hijos y hablan de «una nueva dimensión en la convivencia familiar». Con esto igualmente rompen el tabú de que no es propio de hombres involucrarse más emocionalmente porque termina convertido en una segunda madre, cumpliendo un rol algo femenino.

Nada más equivocado, a fin de cuenta, así como se necesitaron dos para engendrarlo, también se necesitan dos para su desarrollo emocional. La mujer, con su intuición, establece una comunicación vital con el hijo desde el momento mismo de su nacimiento, interpreta las señales de temor en el niño y con mimos lo tranquiliza y conduce suavemente. Por su parte el padre da seguridad, confianza en el porvenir, establece los límites de la conducta infantil, inculca el sentido de la responsabilidad y hace el cierre perfecto del círculo del amor que debe rodear al niño.

Mientras la madre le dice: «con cuidado», el padre le dice «uno más», al estimular al hijo a subir otro peldaño para que llegue a la cima. El padre de hoy lo reta a dar más, pero a su vez se abre a las necesidades más sutiles del hijo: las emocionales y las psíquicas, logrando ver al hijo en sus propios términos. Crea el ambiente ideal para el desarrollo del potencial del hijo en un marco de libertad responsable, no de dominación. Ahí hay una enorme diferencia con lo que nos tocó vivir a los mayores de 40 años, cuando nuestros padres creían inculcar respeto tomando distancia de nosotros.

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