ECONOMÍA | ECONOMÍA DEL CONFINAMIENTO

La ciencia ha mostrado evidencias de la relación entre la aparición de nuevas enfermedades y la devastación de los ecosistemas.  Para algunas analistas, el planeta con el coronavirus le está pasando cuenta de cobro a las economías de mercado y a la globalización industrial que vive el mundo. La temperatura media de la tierra continúa en ascenso con el riesgo inminente que el cambio climático ya sea irreversible.  Los cambios que ha provocado en el planeta la quema de combustibles fósiles, desde la Revolución Industrial, en sus inicios carbón y actualmente petróleo, apuntan a esta actividad como la principal causa del drama que hoy vivimos. 

Sin duda una vez termine esta crisis de salubridad, los temas ambientales cobraran una importancia sin igual en nuestra relación con la naturaleza, lo cual implicara un cambio en la forma de hacer negocios.

Hace unas semanas el experto en retail Frank Pierre,  ex CEO de Carrefour en Colombia,  escribía un artículo para Mall & Retail denominado “La contribución del Retail  para contrarrestar el calentamiento global”, donde sugería los aspectos que la industria del retail debería emprender para contener el calentamiento climático, en los que destacamos la priorización de la fabricación local y los circuitos de abastecimiento cortos, los empaques respetuosos con el medioambiente, la venta a granel, la venta por internet con punto de recolección centralizado, la  eliminación de las bolsas plásticas  y el uso, al momento de construir o de reformar  centros comerciales, de materiales menos invasivos para el medio ambiente, como la guadua y la arcilla, con la integración de los espacios con zonas verdes, entre muchos otros aspectos.

Nada será igual

El Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), ha publicado un excelente artículo titulado “Aceptémoslo, el estilo de vida que conocíamos no va a volver nunca”, donde afirma que los cambios en los hábitos de vida a partir del Covid 19 serán diferentes y podrían transformar una nueva sociedad. A continuación, destacamos los aspectos más relevantes del artículo.

Entre los países, hay unanimidad en que a través del alejamiento social se detiene la pandemia, por tal razón debemos cambiar drásticamente nuestra forma de hacer casi todo lo que hacemos: cómo trabajamos, hacemos deporte, salimos, compramos, controlamos nuestra salud, educamos a nuestros hijos y cuidamos a los miembros de la familia.

Todos queremos volver a la normalidad cuanto antes. Pero parece que la mayoría de nosotros todavía no somos conscientes de que nada volverá a la normalidad después de unas semanas, ni siquiera de unos meses. Algunas cosas nunca volverán a ser como antes. El desarrollo de la vacuna se producirá hasta dentro de 18 meses.  El problema en que mientras haya una sola persona en el mundo con el virus, los brotes pueden y seguirán ocurriendo.  Esto no es una alteración temporal. Se trata del inicio de una forma de vida completamente diferente.

Cómo vivir en confinamiento

Una pandemia permanente, será muy perjudicial a corto plazo para los negocios que dependen del tráfico de clientes: restaurantes, cafeterías, bares, discotecas, gimnasios, hoteles, teatros, cines, galerías, centros comerciales, centros deportivos lugares de conferencias y organizadores de eventos, cruceros, aerolíneas, transporte público, colegios, jardines infantiles. 

Dice el argot popular “Si tenemos limones habrá que hacer limonada.”, así que no tenemos más remedio que adaptarnos: los gimnasios podrían empezar a vender máquinas para casa y sesiones de entrenamiento online, por ejemplo. Veremos una explosión de nuevos servicios en lo que ya se ha denominado como la «economía confinada». También se puede esperar el cambio en algunos hábitos: menos viajes, más cadenas de suministro locales, más paseos y ciclismo.

La paralización de tantas empresas y medios de vida será imposible de manejar. Y el estilo de vida confinado durante períodos tan largos simplemente no es sostenible.

A corto plazo, probablemente nos obligaremos a mantener una vida social aparente. Los cines podrían eliminar la mitad de sus butacas, las reuniones se llevarán a cabo en salas más grandes con sillas más separadas y los gimnasios requerirán reservas de sesiones de entrenamientos con antelación para que no se llenen de gente.

Pero, al final, recuperaremos la capacidad de socializar de manera segura, con el desarrollo de formas más sofisticadas de identificar quién representa un riesgo y quién no, y discriminando, legalmente, a los primeros.

Tecnología y confinamiento

Se pueden ver distintos presagios del futuro, en las medidas que algunos países ya están tomando. Israel utilizará los datos de ubicación de los teléfonos móviles, con los que sus servicios de inteligencia rastrean a los terroristas para seguir a las personas que han estado en contacto, con los confirmados portadores del virus. Singapur, realiza un exhaustivo seguimiento de contactos y publica datos detallados sobre cada caso confirmado, sin identificar a las personas por su nombre.

No sabemos exactamente cómo será este nuevo futuro, por supuesto, pero es posible imaginar un mundo en el que, para tomar un vuelo, a lo mejor haya que registrarse en un servicio que rastree los movimientos de los pasajeros a través del teléfono. La aerolínea no podría ver dónde habían ido, pero recibiría una alerta si algún pasajero ha estado cerca de personas infectadas confirmadas o de puntos calientes de enfermedades. Habría requisitos similares en la entrada a grandes sitios, como edificios gubernamentales o terminales de transporte público. Habría escáneres de temperatura en todas partes, y su lugar de trabajo podría exigirle usar un monitor que controle su temperatura u otros signos vitales. 

Actualmente, las discotecas hacen controles de edad y puede que, en el futuro, también exijan un justificante de inmunidad: una tarjeta o algún tipo de verificación digital a través del teléfono, que demuestre que la persona ya se ha recuperado y vacunado contra la última cepa del virus.

Nos adaptaremos y aceptaremos esas medidas, de la misma forma que nos hemos acostumbrado a los cada vez más estrictos controles de seguridad en los aeropuertos a raíz de los ataques terroristas. La vigilancia intrusiva se considerará un pequeño precio a pagar por la libertad básica de estar con otras personas.

El documento de MIT, finalmente señala, que como en otras tragedias, el costo real será asumido por los más pobres y los más débiles. Las personas con menos acceso a la sanidad y las que vivan en áreas más propensas a enfermedades también serán excluidas con mayor frecuencia de lugares y oportunidades abiertas para todos los demás. Los trabajadores autónomos, desde conductores hasta plomeros e instructores de yoga, verán que sus trabajos se precarizan aún más. Los inmigrantes, los refugiados, los indocumentados y los ex presidiarios se enfrentarán a otro obstáculo para hacerse un hueco en la sociedad.

El mundo ha cambiado muchas veces, y ahora lo está haciendo de nuevo. Todos tendremos que adaptarnos a una nueva forma de vivir, trabajar y relacionarnos. Pero como con todo cambio, habrá algunos que perderán más que la mayoría, y probablemente serán los que ya han perdido demasiado. Lo mejor que podríamos esperar es que la gravedad de esta crisis finalmente obligue a los países, a corregir las enormes desigualdades sociales que provocan que grandes franjas de su población sean tan extremadamente vulnerables.

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