DEPORTE | DEL DIEGO AL PIBE, DEL PIBE A LUIS

El fútbol no se compone solo de ingratas ironías, también existen aquellos episodios mordaces en los que un ídolo del fútbol, que tiene estampada en sus propias carnes la cruda dureza del camino al éxito, descubre a otro ídolo naciente. Como un rey que pone a otro rey.

Eso sucedió entre Carlos el “Pibe” Valderrama y Luis Díaz, descubridor y talento, atados por una inexplicable coincidencia. En una cancha polvorienta Valderrama se descresta con las artes de un Luis Díaz menor de edad, y lo elige para conformar una selección indígena que fue la génesis del guajiro en el balompié. Luego vino la recomendación para llevarlo al Junior de Barranquilla. El resto es una historia que se sigue escribiendo.

Aunque tal vez las coincidencias no existan tampoco en el fútbol. De Villa Fiorito la cuna de Maradona, pasando por Pescadito, la comarca del Pibe Valderrama, hasta el Cerezo, el modesto barrio de Barracas, el pueblo olvidado que vio nacer a Luis Díaz, existen distancias que se miden en kilómetros, pero también, hilos misteriosos que los conectan en la manera de concebir y parir ídolos de carne y hueso que hechizaron a millones de personas con una pelota.

Aquella pelota número cinco, tan fácil de patear, pero tan rebelde de dominar. Luis Díaz disputó recién su primera final de Champions League. No hizo su mejor juego ante su Majestad Real Madrid, pero la demostración realizada a lo largo de la temporada, tiene suficientes capítulos que lo escalan por mérito propio a un pedestal. Luis Díaz con su manera de jugar ratifica que en realidad el fútbol se juega con la cabeza usando los pies. Razón tenía Johan Cruyff al afirmarlo.

Lo hasta ahora hecho por Díaz deja felices a los hinchas del fútbol. A los que aprecian la estética de un juego cada vez más físico y con escaso talento, porque el fútbol se está llenando de atletas prolíficos, y se encuentran menos artistas que deleiten con su juego. La razón parece simple: Se paga una entrada para ver ganar y no para ver jugar. Entonces el fin sí terminó justificando los medios.

Con todos estos elementos y su laureada irrupción, el primero que debe mantenerse centrado es el mismo Luis Díaz. El camino que le falta por recorrer es promisorio y con seguridad le permitirá saciar su hambre de triunfo. Aunque, a decir verdad, Luis ya había ganado. Le ganó a la adversidad y venció las discriminaciones de su raza india, y las propias de la pobreza. Ganó porque aprendió a quebrar las épocas de infortunios, supo llegar y ha sabido mantenerse. En este mundo globalizado de hoy en el que un partido de fútbol es visto por millones de personas, en cualquier rincón del planeta se tiene al menos una noción de un colombiano llamado Luis Díaz que hace malabares en un césped.

Verle jugar deleita. Es de los pocos jugadores que juega por el gusto elemental de correr tras una esférica. No existe una explicación futbolística que justifique la forma como se adaptó tan rápido a un fútbol como el inglés, después de un paso electrizante por una liga como la portuguesa. Hoy todos aceptamos sin empacho que en realidad Luis podría jugar bien en cualquier cancha del planeta. Decía hace poco Roberto Peñaloza el técnico que lo puso a debutar en el Barranquilla F.C. que lo mejor de Luis Díaz, es que aún no tiene techo. Sabe Dios hasta donde podrá llegar y cuanto podrá ganar.

Seguramente para lograrlo debe cuidar su cuerpo y también su mente. Mantener la serenidad no es fácil en un clima de peligrosos elogios. Los ídolos magnificentes urgen siempre del calor de una familia, para apaciguar los demonios que implican la condición de célebre. Un abrazo de entrañables familiares, se convierte en un puerto salvador que sirve para descargar las pesadas cargas de ser mirado y admirado por una jauría implacable llamada opinión pública. Esa fauna compuesta por hinchas, directivos, patrocinadores, periodistas, y admiradores gratuitos, para quienes será un ejemplo a seguir mientras refleje como espejo, su propio narcisismo, sus egos o frustraciones.

Esa gente desconocida y sin control que le celebra con pólvora o le entierra con las pesadas arenas del desprecio y la indiferencia. Por eso los ídolos siempre serán de barro y por desgracia, algunos no logran evitar el desmoronamiento moral que es más fuerte que el de la salud del propio cuerpo. Al fin y al cabo, para los ídolos, el olvido suele ser más ingrato que una enfermedad. En un deporte en el que la mayoría, no aprende aún la elemental norma de proteger a los ídolos, y no entiende que protegerlos no es alcahuetearles, y que, por el contrario, es exigirles unas normas básicas de equilibrio para que el barco no se hunda. Para que el deportista y la persona no se entierren en vida. Luis Díaz sigue escribiendo su propia historia. Desde Villa Fiorito a Pescadito, de Pescadito hasta el Cerezo existen kilómetros de distancia, pero los une ser cuna de ídolos del fútbol. Porque Luis Díaz ya está en ese Olimpo.

Por: Carlos Alberto Suárez Aparicio

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